La habitación azul

1901. La habitación azul.
Toda aspereza comienza con un terreno escarpado, igual que cada inundación de azul, con un ápice de nostalgia. El agrietado corazón de Dánae, así lo sabía. Criada en un pequeño puerto de pescadores al norte de España, había vivido entre colinas de ensueños, rayuelas de carcajadas, ventiscas de abrazos y un malecón construido a base de esperanza. Si echaba la vista atrás, se recordaba como una niña feliz; siempre cantando, bailando, brincando, siempre al lado de papá y mamá, sostenida en los brazos de su padre en lo alto del faro o apretujada contra el pecho de su madre, viendo las olas romper contra el arrecife.

No recordaba el momento en que todo se disipó, pero siempre lo relacionó con el abandono de su ciudad natal. Todo se tiñó de azul, el color de su amado mar asturiano, el pigmento de la añoranza. El presente se cubría de un espesor cian, la ventana de su habitación era minúscula comparada con el balcón desde donde veía arribar los barcos. El futuro se espesaba como la bruma que entraba hasta el salón las mañanas de noviembre en su amado pueblo norteño. Su estado de ánimo actual podría definirse con una palabra: scrabble, por el amasijo de sentimientos que se entremezclaban en su pequeño pecho palpitante. En los últimos cuatro años todo su horizonte de posibilidades se había hundido. La ansiedad de la ciudad, las escaleras rápidas, los maletines con olor a café, las avenidas arremolinadas de gente con el pensamiento atestado de obligaciones, el tráfico acompañado por selfies a la espera de un semáforo en verde… la urgencia se había llevado su paz, lo cual se vio acrecentado cuando sus padres cayeron en la apatía.

El último año había sido el más complicado, su ser había quedado reducido a la futilidad de unos ojos almendrados, un vacío en forma de luna llena que rellenaba sus párpados. Sus apenados ojos ya no vertían más lágrimas azules, sus temblorosas manos no recorrían la escarcha de su ventana, sus pequeños pies habían quedado prensados, su corazón había sido abatido por la merma. Tanto tiempo fingiendo estar despeinada, y en realidad el problema es que estaba rota. Su sonrisa incolora, tapizaba su rostro al salir de casa, y hasta la vuelta no solía desprenderse de ella. A veces se caía en la mitad del día y tenía que usar sus manos para sostenerla. Su felicidad estaba hecha del mismo cariz que las lluvias de verano, era intensa, pero duraba apenas unos minutos. Aquellos que la conocían sabían que tras la gruesa capa de mármol que simulaba una felicidad enfática, se encontraba una frágil porcelana llena de dolor. Se había sumido en la tristeza, y como siamesas, se habían fundido en una. Por más que quería huir y que hacía lo posible por salir de ella, el Manao Tupapau siempre acechaba en la noche. Tratando de dejarlo atrás, una vez creyó haberlo vencido, pero no hizo sino empeorar. Había estado tanto tiempo fingiendo ser feliz, que su cuerpo había quedado agotado.

Cada mañana se levantaba y fregaba sus ánimos en el pequeño plato de ducha, estrujando la esponja contra su demacrada piel, en apariencia juvenil; trenzaba su pelo entre sus estilizados dedos y una vez había concluido su ardua tarea de enfrentarse a la realidad, salía de la ducha. Con el albornoz cubriendo su espalda, caminaba hasta su segundo ritual de la mañana, se hacía un café mientras repasaba las noticias, y con el último sorbo, enjugaba sus lágrimas. Una vez preparada la mochila, se secaba el pelo. Era el mejor momento del día, diez minutos llenos de ensoñaciones, diez minutos para ser la persona que quería ser, para teatralizar los logros que veía remotos, diez minutos para ser aquella persona que sentía dentro, Dánae. Pero una vez fuera de casa los miedos, las inseguridades, la ansiedad, la lejanía con respecto a su pasado feliz y el eterno azul, volvían a su rostro. Nunca nada de lo que hacía era suficiente, no se sentía valorada ni social ni profesionalmente, parecía que todo su esfuerzo era poco comparado con el pequeño acopio de rendimiento de los demás.

Pero un día se hartó, y dejó de desdibujarse a mano alzada, de restringirse, de apocarse, y de nuevo se desnudó frente al minúsculo plato de ducha, pero esta vez, para escurrir sus penas sobre el sumidero. Una vez superada la fase de llorar delante de la gente, después de haber estado años haciéndolo a escondidas, también dejó de fingir su sonrisa, y ésta brotó de lo más profundo de su ser. Dánae comprendió que aunque todo se esté hundiendo fuera, ella es el único pilar que sostiene lo de dentro. Entendió que llorar no le hacía vulnerable, sino valiente, que había sido una luchadora nata, y que sola había salido del fango. De nuevo recurrió a su amado azul, que durante años se había teñido del color de la nostalgia, pero esta vez, su nueva perspectiva le permitió verlo con los ojos de la niña que creció en el oleaje, y sumida en ese pensamiento, arrancó el papel de la pared y la tiñó de azul.

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